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"POR UN AÑO LLENO DE BUENAS LECTURAS Y BUENAS ESCRITURAS" (Alicia Rosell)

MINIBIOGRAFÍA LITERARIA

Retahílas Literarias de Alicia Rosell

Purificación Ávila (Bilbao, 1962) Escritora y Perito mercantil. La autora mantiene contacto con sus lectores mediante las páginas personales: 'Vivir por y para escribir' y 'Retahílas Literarias'. Biografía actualizada en 'El Blog de una escritora'. XING VER MI PERFIL PROFESIONAL EN XING

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BILBAO, Spain
Escritora y editora. Periodista cultural. Creadora fundadora de la plataforma multicultural LA VOZ DE LA PALABRA ESCRITA INTERNACIONAL y del programa radial HISPANORAMA Y LITERARIO y la revista literaria homónima.

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lunes 30 de octubre de 2006

"PESADUMBRE" - FRAGMENTO (Lea y deje su comment: Hay 0)

-Joaquín Sorolla-

"PESADUMBRE"
-Fragmento de relato-



Dedicado a TI,
-estés donde estés, seas quien seas-
con todo mi cariño...
Y mi amor.



[...] Caminaba por las tardes entre solitarias y estrechas callejas. Caminaba sola y en silencio, lastimada por su propia estupidez. Caminaba ensimismada, escondida bajo la camisola blanca reluciente bajo el sol de otoño, y le buscaba; pero él nunca aparecía.

Sentía ganas de gritar su nombre pero no se atrevía. Se iba al parque a esperar una respuesta en el eco rebotado entre los árboles. Se sentaba en un banco y soñaba que él la oía y acudía a su llamada, presto y raudo como el viento. Pero nunca llegaba ese momento.


Él siempre supo encontrar pretextos: Era la mejor forma de no fracasar; Si no se arriesgaba sabía que no correría el peligro de tener éxito. Pero ella no quería ya alcanzar un amor prohibido. Sentía un miedo infame a perderse en sí misma, a no reconocerse en el espejo de sus miedos. La aterraba perderse entre el murmullo de la sangre bombeando su corazón, cual plétora de anhelos.

Quería escribirle cartas, pero ya no le escribía: Por ella. Le gustaba releer sus mensajes secretos, pero ya no los leía: Por él. Quería amar su recuerdo pero no se sentía capaz; Deseaba ser amada, pero nunca lo haría ése a quien, ella, ya no esperaba. Entonces, ¿Por qué no podía quejarse de su mala suerte y gritarlo a los cuatro vientos? Le echaba las culpas al destino, pero la culpa sólo tenía un nombre: 'Pesadumbre' [...]

©Purificación Ávila

sábado 28 de octubre de 2006

CONTRA LA VIOLENCIA DE GÉNERO


"CAMPANAS SUENAN A MUERTE AL ALBA"


Voló. Hace días que escribía mentira
s, que silenció verdades como puños y se le deshizo el verbo en la palabra. Durante años calló en su boca, pronta a partir, la confesión más dura, vil, como espadachín sin espada, apuntaba a su corazón la daga y ella no la supo escupir. Pobre emoción impresa en la garganta, queda, muda, sin salir de su cautiverio para nada.

Voló, sí. Como las mariposas del amor, pues eso era. Se fueron quedando sus dedos impregnados del color que cubría las alas de mariposa. Se le murió el verbo mientras renacía en su propio nombre, rehecho cual fantasía, pura utopía, refrán amargo colorido de miel, y explotó en su boca. Lo oyeron a miles de kilómetros, tras las murallas de los conventos se escandalizaron frailes y monjas. Volvióse el sacrilegio verbo, ahora nadie la ha de perdonar. Es, como aquella película del cine, una mujer marcada; para siempre, mancillada en bocas infames que tienen que romper su honor porque no pueden robarle la mirada. Que la tiene infinita, siempre puesta en lontananza.

Esperaba su caballero andante para que la recogiera del suelo y sobre su corcel blanco la raptara. Huiría con la marca, hacia los horizontes yermos de perdidas almas. No más llantos, no más rechazos; las aviesas miradas no atravesarían más sus ojos llenos de baldías lágrimas; campos en barbecho, color avellana deslucido, su cuerpo un poema al suicidio y su corazón hecho jirones por la imposible palabra que durante años reprimió en su boca sin obtener el indulto.

Voló. Nadie sabe quien la raptó, q
ué palabra le brotó, cual era su marca. Jamás se sabrá su nombre, ni la veremos por las calles. Podemos imaginarla rota como muñeca de porcelana, en una esquina de la calle, bajo el frondoso árbol, solazada; intentaremos soñar que vivió su sueño sin requiebros que la volvieran 'majara'.


La mujer marcada ya no mantiene luchas con la tristeza que la anidaba. Se puede estar muriendo en un meandro de río, cercano el mar que con las olas se la llevará con Neptuno hacia sus fondos tenebrosos, sola y abandonada. Hecha un ovillo, aterida de frío puede estar pasando la noche en un monte, cerca de las estrellas que se cogen en un puño imaginario y no se tocan por lejanía. Inalcanzables, como su sueño, las heridas la adormecerán poco a poco y arrullada con ellas caerá en un sopor profundo del que no volverá a salir.

Voló. La encontraron muerta hace siglos, es la misma mujer de hace años, meses y días. La misma mujer marcada por el amor bajo el fuego de la ignonimia. Murió, no importa dónde se hallara su cuerpo cosido a puñaladas, quemado después de ap
aleado, ahorcada o envenenada. El hombre del corcel con su espada no era un el príncipe de sus sueños. Se la robó para esconderla en su torre de marfil, le puso una mordaza en la boca y ya nunca jamás pudo gritar su nombre. Se deshizo el brillo de su pupila en arcoiris de lágrimas que escondía para no levantar más iras. Se tapó los brazos y las piernas para no despertar penas ante la visión de su piel mortecina. Nada podía decir. Y enmudeció.

Hoy, como ayer, como mañana, sabremos de su pérdida por los periódicos. De pasada diremos, 'otra más', y no otra cosa más oiremos que acalle el ruido de la vida esta mañana, y las campanas tañerán a muerto como en los pueblos, 'tan-tan-tan' que escucharán mis oídos y mi llanto barrerá mi estómago como remolino vomitado. Yo me diré un responso en silencio, la tendré todo el día en mi mirada, callaré contra la infamia del caballero sin espada. El trovador ya no canta el 'romance de la mujer muerta' por los pueblos, pero yo presto estas líneas a modo de trovadora de nuestro tiempo.

Me duele no velarla, podría contarle hermosos cuentos que dulcificaran su yaciente corazón que se le secó en la cavidad torácica, cautiverio perpetuo que nadie pareció ver. Si no estuviera mal, yo misma con estas manos torpes, se lo arrancaba. Quisiera asegurarle el descanso pleno. Si no estuviera mal, yo misma, antes que dejarla a la suerte del hombre monstruo, la dormiría con poemas mientras la matara con besos, aunque yo no sea un príncipe caballero. Si la pena de cárcel no cayera sobre mí, yo lo mataba a él, la ley del talión o el diente por diente, ¿tan antiguos sistemas usaría?

'Que nadie mate a nadie', así se me revela la memoria de la cordura. Me preocupa no saber si quienes dijeron frases así no cometieron ninguna o similares vilezas. Veo hombres educados que visten
impecable traje, sonrientes, bien peinados, me los cruzo todos los días, los miro con recelo, guapos, feos; Ejecutivo, obrero, profesor, todos los meto en el saco de los recuerdos. 'Por si acaso', pienso -ingenua de mí-, no vaya a ser alguno de ellos el culpable de la muerte de una prima, mi vecina, una amiga, mi cuñada o mi propia madre. Y no pensé en mí...

... Pero recordé a Virginia, que apareció en una cuneta en el monte Artxanda, de fondo un Bilbao hermoso explotaba con el sol que calentó con reparo su cuerpo congelado, hasta que se la llevaron metida en una funda de plástico con corredera; la ví y me recordó a las bolsas de basura camino del vertedero. Hay tantos barrancos donde perecer, montes donde sepultar y ríos a los que arrojar sus cuerpos rotos y, sin embargo, la muerte que se las llevó nos devuelve los despojos. Es pequeña esa venganza, pero si me matan yo quiero aparecer, y aunque muda, mi cuerpo hablará por mí. Mejor que no me maten, pues juro venganza.

**



'Nunca fue hermoso morir de amor por ti', pido que pongan en mi lápida. Este sería el alegato en mi defensa. La condena, que venga después. Les pido un último deseo, mujeres del mundo: ¡NO CALLÉIS! Que no os ocurra como a la mujer del cuento
que acabáis de leer.

****
Alicia Rosell © P.Ávila.


miércoles 25 de octubre de 2006

Extracto de novela


"EL HOMBRE DEL TRAJE"

[...] En la ventana. Solo y arrogante, las manos metidas en los bolsillos, color verde de arriba abajo, eres el hombre del traje entre semana que se viste de vaqueros los días de fiesta.

Tiempo sin verte, dolor en las costillas, mis ojos sedientos de tu mirada que ya no encuentro, que te escondes y no me buscas, ¿ya no quieres o no te dejan? Quieres olvidarme tanto como yo deseo no llorarte, pero no podemos, ¿ves amor que es imposible negarse a los dictados del corazón? Tú en una parte de la ciudad y yo en otra, pero todos los caminos llevan a Roma, y ya no insistes en encontrarnos, me echas de menos casi tanto como yo a ti, ya ni sabes medir el peso de tu anhelo, lo disfrazas yendo del brazo de otra mujer; mi desprecio te dolió y tu abandono marcó a fuego tu nombre en mi oxidado corazón.

No necesito tatuajes con tu nombre sobre mi piel, retengo la visión que hoy he tenido al verte en la ventana, frente al paso de cebra, tráfico intenso, peatones que cruzaban rápido, y fue ahí cuando pasé en mi coche, hoy no iba caminando. Me habrás visto, espero, el coche parado bajo tu cuerpo magnífico, tu mirada se habrá posado irremediablemente en mis rodillas y mis muslos, mis piernas iban cubiertas con medias de malla y al verme con mi vestido corto, “no me tapo, me he dicho, que vea lo que desea y no puede alcanzar”. Dicen que se dice, “mujer deseada e inaccesible si, además, es interesante, tanto más deseada”; eso debería yo haber sido para ti en estos meses en que se nos negaron los saludos, los buscados encuentros, el juego del “te hago caso o no te hago, hoy la haré rabiar, que se hastíe con mi desdén, que vea que llevo dos hombres a mi lado”.

Celos, ay de los celos que deseo sembrar en tu cobarde corazón, para que se revierta en amor cuanta fantasía acaricies con tus pensamientos; Tócame, pues, estoy bajo tu ventana, hoy no cruzaba pavoneándome, pudiste verme, lo sé, pues todo a rayas te he avistado, camuflado entre cortinas de láminas entreabiertas. Solo estabas: me he robado tu imagen en esa ventana, tu varonil pose que siempre me inquieta y me ha faltado el aire... ¿Nunca te enteras?

Un día de estos me vas a rendir cuentas por este mi dolor reprimido y tanto llanto diluido. Podrían llenarse mil botellas, “Se vende amor embotellado”, y lo vendería por San Valentín, “para el novio o la novia, señores, agua de amor, regáleselo, señora”.

Cierro los ojos y te veo como te vi la última vez, siempre la anterior, tiempo insolente que me roba tu presencia, imposible escuchar tu vozarrón y verte caminar con ese donaire de hombre de ciencia, traje y corbata, gabardina sobre tu ancha espalda, acera arriba, camino de tu cárcel, perdón, tu casa.

La última vez hacía calor, vestías polo deportivo y bermudas, tus pies calzaban chancletas y aprecié bien tus piernas tostadas; aunque sólo me intereso por tu mirada procuraba recordarte así, hasta que llegó este día de hoy, un día más que sumar en el calendario de los encuentros. Hoy nos cruzamos bajo tu ventana.

Mi hombre del traje viste ropa para hacer deporte, lleva vaqueros los domingos y se viste de traje y con ropa de trabajo cinco días a la semana; está arrogante de cualquier modo que lo veo vestido, pero mi desdicha es no tenerlo nunca a mi lado.

Tienes poco tiempo para pensarlo. Sí, te daré un ultimátum. Después, ya después quien sabe qué o quién me habrá lanzado dardos de amor envenenados. Por no llorarte te escribo en silencio, te lo cuento, si lo leyeras podrías llorar conmigo, tus ojos vidriosos de hace tres veranos serían ahora manantiales de puro amor en gozo; Eso nos uniría mucho más que tanto huirnos para olvidarnos. Por si aún no lo sabes, yo te lo recuerdo, no podemos evitar lo inevitable, porque estamos sentenciados para la sempiterna eternidad al garrote vil del pozo de los deseos no satisfechos. Duele el amor que sembramos. ¿Te duele a ti también? Pobre amor mío, sigues cautivo en tu cárcel de amor y no tienes coraje para volar fuera de tu cuerpo, aún no entiendes que eso no sería huir. Sí, está decidido, te esperaré en espíritu, en otra vida, te espero, te espero...

Allá seremos dos, y esto te propondré: ¿Y si estrechamos ya nuestras ansiosas manos? Espero que me hayas escuchado, no pienso gritar tu nombre a voz en cuello y a solas con mis recuerdos nunca más.

- Amor.

- ¿Qué?

- Te toca mover ficha -espero que no se le haya olvidado: estamos jugando esta maldita partida de ajedrez, y ninguno va ganando.

- Peón come a Rey.

- Entonces, ¿podemos ya mirarnos?

- Amor, ya nos estamos mirando. ¡Anda, dame tu mano!

Bendita frase ésta. Me sonó a un corto pero tierno “¡Te amo!” [...]




Autora: ©Alicia Rosell.



sábado 21 de octubre de 2006

"El ladrón de historias"

"EL LADRÓN DE HISTORIAS"


[...] Charles Dupuy había plagiado la historia para mi novela del gigoló del “Café Boulevard”, y cuando nos encontramos en la puerta del despacho del dueño del local y yo le golpeé con ella para aturdirlo y quitármelo del paso, tuvo aquél la flagrante idea, nuevamente imaginaria, de que yo lo hacía sin motivo ni razón. Había recurrido innumerables veces a la casa de Marie, pero ahora que había estado ensoñando despierto varias horas con ella en mi habitación del “Hotel Cannes”, llenándola con los personajes robados de mi novela, parecía flotar tanto en una pesadilla como en un mundo donde las palabras eran seres reales, y era tan auténtica como el resto de los seres vivos.

Contra mi propósito, aquélla ensoñación se volatizó. Por desgracia, fue exacerbándose según pasaban las horas de la noche, y cuando llamó a la puerta mi colega Martínez sobre la una y media de la madrugada, yo trataba de ubicarme en lo que habría podido tildarse –sin menosprecio de otros términos más propios- como una dualidad de estadios mentales.

Por una parte, estaba aborchornado por lo que estaba ocurriendo en mi vida, y por otro lado me dolía aislarme así de todos, esperaba que mi ensoñación divagara con plena autoridad y me presumía sentado ante la mesa de mi casa de Madrid, escribiendo sobre aquel ladrón de historias en mi libreta de anillas grandes, mientras permanecía sentado todavía al borde de una cama en la quinta planta de un Hotel en París, consciente ya de mi ser corpóreo, escuchando lo que decían Martínez y Aline, o incluso apostillando conclusiones de mi propia cosecha.

Es ficticio que alguien esté abstraído hasta el extremo de parecer estar fuera de la escena que vive, pero el problema era que yo no estaba ausente. Era un lugar quimérico que manaba en mi subconsciente, y también el sitio donde yo estaba, lo era. Estaba en ambos lugares a la vez: En una habitación del Hotel Melilla y en la historia de mi novela robada [...]


"© Alicia Rosell" (18/03/06) Ejercicio de imitación de estilo"


miércoles 18 de octubre de 2006

"HOY COMIENZO UNA NUEVA ETAPA "¿Me acompañan?


HE PERDIDO MIS SONRISAS. NADIE ME AYUDARÁ A ENCONTRARLAS. PERO NO HAN DE ANDAR LEJOS. HE DE IR A BUSCARLAS.

"[...] Me refugiaba bajo el paragüas y recorría las calles a horas en que el mundo estaba cerrado. El relajo ajeno me permitía asomarme a los escaparates de mis librerías preferidas, la San Pedro y la de Mila. Situadas a quinientos metros la una de la otra me obligaba a recorrer la distancia, y si llovía, como lo hace ahora en mis añoranzas, tanto mejor. El paragüas era el techo de mi silencio, en él rebotaban mis angustias y quedaban prisioneros los malos ratos vividos antes de salir de casa.

Deambulaba con los pensamientos repletos de esperanzas mientras admiraba el arcoiris en las calles del pueblo cuando el agua se convertía en prisma. Pisaba las famosas baldosas de Bilbao, -un día las descubrí en muchas ciudades que no eran la mía- recorriendo las distancias con el bullir de ideas en la mente y un remolino de temores en mi estómago. Las mariposas del amor anidaban mi vientre y la adolescencia mostraba sus garras afiladas cuando mi imaginación volaba más allá de toda lógica.

Mi vuelta a casa siempre era silenciosa, me había mojado a pesar del paragüas -caía sirimiri casi siempre, y agua torrencial algunos días- pero reunía fuerzas a mi llegada y mis saludos se resolvían cantarines tras las horas de paseo en soledad. Había 'amolado' con mis cuitas pese a no haberlas resuelto, y sin embargo, me sentía tranquila.

La tarde tocaba a su fin sobre los tejados de las casas frente a la ventana de mi cocina, y la voz de mi madre se me acercaba por detrás. Mohína todavía, me volteaba y mostraba mi felicidad en los labios -tan carnosos, siempre me decía que tenía los labios gruesos- para recobrar su arresto perdido. Cariñosa, me envolvía en sus caricias y me hacía trencitas los sábados por la tarde. Por televisión pasaban películas de Bette Davis, siempre fue nuestra actriz favorita, y las dos llorábamos a moco tendido. No se cual era el revulsivo que me hacía derrotar las angustias, ni aún hoy, décadas de lluvias después puedo saberlo. El relajo del paseo bajo la lluvia, los libros que me trasladaban a mundos lejanos desde sus títulos y portadas y que no podía tocar porque en aquel entonces en las librerías pequeñas no dejaban ojearlos ni tocarlos, el silencio que reinaba en la cocina mientras rumiábamos nuestra mutua culpa, las trencitas que me llevaban al borde del sueño como cuando era una niña muy pequeña, sus caricias balsámicas o los instantes en que nos mirábamos y nos decíamos en silencio : ¡Te quiero!

Cada noche, la puerta se cerraba con todas las vueltas de llave, la madera crujía siempre junto a ella, y con ese sonido bronco me dormía. Era el final de otro día. Mañana volvería a salir a buscar mis sonrisas, sería la excusa perfecta para recorrerme las librerías. Lástima que en aquellos años setenta en mi pueblo -entonces no vivía en el mismo que hoy- no hubiera más motivos para coger el paraguas ineludible y salir a buscar mis pensamientos por las calles vacías y pintadas de arco iris tras la lluvia [...]

(Continuará...)
©Alicia Rosell. - 26 de agosto de 2006.

martes 17 de octubre de 2006

La arboleda perdida


LA HORA DE LOS MÁRTIRES


La arboleda perdida

Me invade la tristeza. Se murió el mundo frente a mi ventana, y nadie hizo nada. No me enteré cuando ocurrió, aunque tenía planeado atarme a sus troncos, ser la rehén de la lucha.

¡Cuánto me alegro por no haber visto el arbolicidio flagrante! El frondoso jardín y sus árboles quijotescos enarbolados ante mis cristales desaparecieron una mañana de finales de febrero.

Llevaba ocho años viendo esos gigantes mojarse con la lluvia, zimbrearse con el viento, haciendo de sus ramas la parada y fonda para el descanso perfecto de los pajarillos y otras aves.

La hilera de diez frondosos chopos, altísimos como por soberbia, ahora tenían sus ramas desnudas, augurio del final que les llegaba... la muerte inexorable.

El dinero y cuatro caciques decidieron la suerte de mis árboles, de mi jardín -que florecía cada primavera- y mis sueños de vivir en ellos echaron a volar con las hojas de otoño. Entonces, yo las veía caer, y veía las últimas nieves cubrir sus robustas ramas. Los últimos vientos fuertes arrecieron a ochenta kilómetros por hora, y ellos resistieron las embestidas como los quijotes que fueron durante sus veinte o treinta años de vida.


No
me atrevo a mirar por mis ventanas. Pero sé que yacen, cortados a trocitos, esperando ser llevados caminos del olvido, lejos de mi mirada. Yo he muerto un poco con ellos, pero mi recuerdo siempre los acompañará.


Y mis sueños, recreados desde mi terraza ante su imágen frondosa, verde y placentera, se han esfumado para siempre. Sueños de amor, de felicidad, de futuro...

Llegará la primavera, y los chopos ya no estarán. En su lugar habrá más cemento y autopista, más coches y más polución. Menos trinos de ruiseñores y más ruidos de motor.

Llegará el verano, y al atardecer, mi jardín no entrará hasta mis habitaciones con su fragancia de clorofila. La hierba recién cortada tampoco me llenará la pituitaria cuando tienda mi ropa frente al escenario vacío de hoy.

Llegará el próximo otoño, y otro invierno, y los árboles se habrán reciclado en muebles, papel y cosas para usar y tirar.
Yo seguiré añorando los años que viví con ellos, seres vivos como yo, no tengo otro lugar para llorarlos, sino desde mi mismo corazón. Creo que a veces, ellos me hablaban, chillaban sus ramas, gritaban mi nombre; clavados en su suelo y alimentados por los charcos que se hacían tras la lluvia, los escuchaba reir, hablar, acariciarse entre ellos, hacerse el amor enmarañados en explícitas posturas...

Murieron los gatos que se refugiaban bajo sus troncos, asustados por las máquinas o masacrados. La mujer que los cuidaba no tuvo tiempo de socorrerlos.
Tengo tantos y tantos hermosos recuerdos que desde hace tres días me impiden llegar hasta mis cristales...

Corrí todas las cortinas, para no ver, para no sufrir. Se que yacen ahí, pero nadie tapó sus cadáveres. El execrable crimen quedará impune. Ya me han arrebatado la gran razón de mi vida en esta casa, ¿dónde reposarán mis huesos cuando yo muera?
Mi cuerpo y mi alma se disgregarán, y si me incineran, quiero volver a los árboles, a otros de su familia, y morir de nuevo con ellos si les llega la hora de los mártires.

No me importa que los demás se rían de mí. Yo amé esos árboles, como amo a todos los seres vivos, y se merecen mi respeto, mi recuerdo y mis lágrimas, si me dejan llorarlos. Que se rían los caciques, que se nutran del dinero.

Me siento incomprendida, como cuando los defendí y fuí vilipendiada: "Loca, chiflada", y las miradas del cacique me persiguieron por el pueblo hasta que me ganó la batalla, y se cobró sus víctimas.

Me quedo sola frente a mi ventana... Mi alma está con ellos. Mis Quijotes se fueron a resolver otros entuertos, y como siempre, perderán en sus luchas o serán motivo de risas. Ruego al creador de todos los seres vivos que los lleve al cielo de los jardines frondosos, si existe...
¡Ojalá, todos nos merecemos un Cielo!

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Autora: ©©Alicia Rosell
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(Párrafos extraídos de mi relato titulado "La hora de los mártires")

domingo 15 de octubre de 2006

Otoño hermoso y temido


"OTOÑO HERMOSO Y TEMIDO"

Llegó el otoño y con él mis días tristes. La mirada se me resbala, cansina, entre recuerdos de otros otoños más felices. No tengo remedio. La vida sigue: Bodas del verano, vacaciones familiares tupidas de sudorientas siestas obligadas por el calor extremo, cumpleaños de sobrinos alrededor de la tarta cada año con una vela más, regresos al trabajo y la rutina, comienzos de clases para los estudiantes, padres que llaman para consolarse de las largas distancias, amigos y familiares que van muriendo y a cuyos funerales asisto, cada vez menos bautizos donde festejar vidas nuevas, accidentes graves que no llegan a más casi al comienzo de este otoño, que yo siempre maldigo.

Me gusta mucho más su paisaje, hojas que caen de los plátanos sobre las baldosas de las aceras, que barre el viento que llega sorpresivo y las levanta como banderas enarboladas contra el techo del mundo. Quiero encerrarme en mi casa y encender las luces de todos sus rincones, melancolía que me atosiga día tras día, que finaliza cuando llegan los fríos intensos y las primeras nieves.

Otoño hermoso y a la par, temido, tantos regalos me diste en el pasado como me quitaste en muchos presentes ya olvidados. Otoño incierto, siempre, me asomo a la ventana y veo tus demonios rebotar contra mi insaciable sed de vivir.

Necesito volver a los días aquéllos, cuando el amor llamaba a las puertas de mi corazón y un minuto de ese alimento me mantenía lozana y risueña durante una semana. No volveréis, otoños de mi vida, a destrozar mis ansias y mis esperanzas. Pretendo hacer de la estación más amarilla del año un arcoiris que ilumine mi alegría para los otoños del otoño de mi vida, cada vez menos inciertos y más cercano.

Que me sean livianos, pretendo, pero sé que el único modo de vencer estos miedos anidan en mi fortaleza: No me miren con cara de póker, amigos, familia, vecinos, soy yo, que no hiberna pero sí se 'melancoliza' -si no existe la palabra, la invento: siempre fuí 'la inventora de palabras'-.

Quiero dejar de sentir que todavía siento que lo siento... y para más desmayo, la fiebre y la primera gripe se ceba en mí, y aunque es de madrugada, estoy ante el teclado, declarando la guerra al otoño, el cambio de hora por venir y la fiebre que me obliga a parar de vez en cuando.

Otoño, de hermoso lo tienes todo: Tiempo de pensar, de repasar, de reiniciar, de inventar, de escribir, de mirar tras los cristales empañados de vaho; pero me robas pedacitos de vida mientras las tardes se acortan, como se acorta mi vida, sus vidas, las de quienes vivimos soñando con grandes hazañas sin apostar por las cosas sencillas, las que merecen la pena ser saboreadas con gula; creí que me devoraría el mundo como hizo con sus hijos Saturno, y ya hace diez otoños que lo supe: Nunca volvería a ser la que fuí [...]

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Autora: Alicia Rosell©©
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EL NACIMIENTO DE MI BLOG




"Nací un 15 de octubre de 2006. Fue una sorpresa mi nacencia incluso para mi autora. No sufrí en el parto, pero supe que mi venida la haría hincar una rodilla en tierra y abrazarse a la luna. La escudaré con mi colorido y ella me dará biberones llenos de palabras para nutrirme y fotos para vestirme de gala. De que escriba muchos años depende mi vida... Y de ustedes, lectores amigos. Una visita nos hará muy bien. Y gracias, les aceptamos sus mimos”. (©Purificación Ávila, escritora©)

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Espero sus visitas, y lecturas con sumo placer.Cordialmente, les saluda, Alicia Rosell. (P.A.)

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