"EL HOMBRE DEL TRAJE"[...] En la ventana. Solo y arrogante, las manos metidas en los bolsillos, color verde de arriba abajo, eres el hombre del traje entre semana que se viste de vaqueros los días de fiesta.
Tiempo sin verte, dolor en las costillas, mis ojos sedientos de tu mirada que ya no encuentro, que te escondes y no me buscas, ¿ya no quieres o no te dejan? Quieres olvidarme tanto como yo deseo no llorarte, pero no podemos, ¿ves amor que es imposible negarse a los dictados del corazón? Tú en una parte de la ciudad y yo en otra, pero todos los caminos llevan a Roma, y ya no insistes en encontrarnos, me echas de menos casi tanto como yo a ti, ya ni sabes medir el peso de tu anhelo, lo disfrazas yendo del brazo de otra mujer; mi desprecio te dolió y tu abandono marcó a fuego tu nombre en mi oxidado corazón.
No necesito tatuajes con tu nombre sobre mi piel, retengo la visión que hoy he tenido al verte en la ventana, frente al paso de cebra, tráfico intenso, peatones que cruzaban rápido, y fue ahí cuando pasé en mi coche, hoy no iba caminando. Me habrás visto, espero, el coche parado bajo tu cuerpo magnífico, tu mirada
se habrá posado irremediablemente en mis rodillas y mis muslos, mis piernas iban cubiertas con medias de malla y al verme con mi vestido corto, “no me tapo, me he dicho, que vea lo que desea y no puede alcanzar”. Dicen que se dice, “mujer deseada e inaccesible si, además, es interesante, tanto más deseada”; eso debería yo haber sido para ti en estos meses en que se nos negaron los saludos, los buscados encuentros, el juego del “te hago caso o no te hago, hoy la haré rabiar, que se hastíe con mi desdén, que vea que llevo dos hombres a mi lado”.
Celos, ay de los celos que deseo sembrar en tu cobarde corazón, para que se revierta en amor cuanta fantasía acaricies con tus pensamientos; Tócame, pues, estoy bajo tu ventana, hoy no cruzaba pavoneándome, pudiste verme, lo sé, pues todo a rayas te he avistado, camuflado entre cortinas de láminas entreabiertas. Solo estabas: me he robado tu imagen en esa ventana, tu varonil pose que siempre me inquieta y me ha faltado el aire... ¿Nunca te enteras?
Un día de estos me vas a rendir cuentas por este mi dolor reprimido y tanto llanto diluido. Podrían llenarse mil botellas, “Se vende amor embotellado”, y lo vendería por San Valentín, “para el novio o la novia, señores, agua de amor, regáleselo, señora”.
Cierro los ojos
y te veo como te vi la última vez, siempre la anterior, tiempo insolente que me roba tu presencia, imposible escuchar tu vozarrón y verte caminar con ese donaire de hombre de ciencia, traje y corbata, gabardina sobre tu ancha espalda, acera arriba, camino de tu cárcel, perdón, tu casa.
La última vez hacía calor, vestías polo deportivo y bermudas, tus pies calzaban chancletas y aprecié bien tus piernas tostadas; aunque sólo me intereso por tu mirada procuraba recordarte así, hasta que llegó este día de hoy, un día más que sumar en el calendario de los encuentros. Hoy nos cruzamos bajo tu ventana.
Mi hombre del traje viste ropa para hacer deporte, lleva vaqueros los domingos y se viste de traje y con ropa de trabajo cinco días a la semana; está arrogante de cualquier modo que lo veo vestido, pero mi desdicha es no tenerlo nunca a mi lado.
Tienes poco tiempo para pensarlo. Sí, te daré un ultimátum. Después, ya después quien sabe qué o quién me habrá lanzado dardos de amor envenenados. Por no llorarte te escribo en silencio, te lo cuento, si lo leyeras podrías llorar conmigo, tus ojos vidriosos de hace tres veranos serían ahora manantiales de puro amor en gozo; Eso nos uniría mucho más que tanto huirnos para olvidarnos. Por si aún no lo sabes, yo te lo recuerdo, no podemos evitar lo inevitable, porque estamos sentenciados para la sempiterna eternidad al garrote vil del pozo de los deseos no satisfechos. Duele el amor que sembramos. ¿Te duele a ti también? Pobre amor mío, sigues cautivo en tu cárcel de amor y no tienes coraje para volar fuera de tu cuerpo, aún no entiendes que eso no sería huir. Sí, está decidido, te esperaré en espíritu, en otra vida, te espero, te espero...
Allá seremos dos, y esto te propondré: ¿Y si estrechamos ya nuestras ansiosas manos? Espero que me hayas escuchado, no pienso gritar tu nombre a voz en cuello y a solas con mis recuerdos nunca más.
- Amor.
- ¿Qué?
- Te toca mover ficha -espero que no se le haya olvidado: estamos jugando esta maldita partida de ajedrez, y ninguno va ganando.
- Peón come a Rey.
- Entonces, ¿podemos ya mirarnos?
- Amor, ya nos estamos mirando. ¡Anda, dame tu mano!
Bendita frase ésta. Me sonó a un corto pero tierno “¡Te amo!” [...]
Autora: ©Alicia Rosell.