"PALABRA DE CABALLERO"
-Relato-
Sólo había que saltar la valla. A un tiro de piedra encontraría la casa. Sería fácil distinguirla ya que era la más grande y estaba rodeada por las pintorescas casitas de la región. Así se la habían descrito. Con palabras parcas y sin más adorno. "No te preocupes, niña", la distinguirás.
Sabía que al saltar la valla avistaría el pueblo y que para llegar habría de bajar una loma y remontar un pequeño montículo, apartarse por el camino de la derecha y dirigirse en dirección al curso del río. Con tales señas era imposible perderse, se decía mientras recogía el vuelo de su falda y sus manos se agarraban con fuerza para no caer si se le enredaba la ropa entre las piernas.
Fue fácil para ella por su juventud. Tensó los músculos y en un arrebato impetuoso dio el salto al otro lado.
Atrás dejaba otra vida, la de la anodina sirvienta con aspiraciones a las que por su rango y cuna nunca podría llegar.
"Mi pobre niña, mi bonita Louise. Quiero lo mejor para ti. Ve en su busca. Salta la valla y corre monte abajo. Ve en busca de tus sueños. Corre, corre... " -El eco de las palabras de aliento de su madrina la ayudaron a tomar la decisión definitiva en el mismo instante en que avistó el pueblo tras la cerca.
Louise se detuvo a diez metros y contempló un pueblo recoleto en la hondonada del valle bien abrigado por las montañas que lo rodeaban. El pueblo con sus calles estrechas la sumió en una vorágine de sensaciones. Al fin.
Volvió la vista hacia la valla por última vez y bajó la colina con movimientos de ágil gacela e ímpetus de jabata. "Corre, corre..." En su cabeza resonaba la voz de su tía y ello impelía más velocidad a sus largas piernas.
Veinte minutos tardó en llegar a las puertas del pueblo. Desde arriba no pudo ver con claridad la casa que buscaba. La perspectiva desde las alturas engañó a sus ojos y no supo encontrarla. "La más grande, sí, era la más grande. Pero, ¿dónde estaba?" -pensó allá en las alturas.
Cuando pisó las empedradas calles y levantó la vista ya no tuvo dudas. Se encaminó hacia su destino. Con la carta de recomendación de su señora, bien guardada en la faltriquera y su buena disposición al trabajo, esperaba traspasar las puertas de aquélla casa que tanto destacaba entre las otras: se detuvo ante el portalón con los ojos clavados en la aldaba en forma de león. Tenía que golpearla, o saltar la valla no habría servido para nada.
Se atusó el cabello enmarañado y estiró sus ropas como pudo. No tenía espejo donde contemplar los estragos de la carrera contra el viento, pero sabía que su aspecto siempre era perfecto. Nada debía temer. Alzó la cara y admiró la fachada de... ¿La casa era un palacete? Con la boca abierta por la impresión se había quedado cuando se abrió la pesada puerta y le franquearon la entrada. Todavía chirriaba sobre sus goznes y herrajes cuando la voz ramplona del criado le abrió camino a un mundo desconocido para ella:
-Adelante, Louise, el señor la está esperando.
"El señor me está esperando", se repitió hasta sentir encendérsele las mejillas con sólo pensar en él. Al fin sería sirvienta en la casa de su señor, del amo de sus pensamientos, del dueño de su corazón.
Al entrar en la estancia, donde la aguardaban para recibirla, después que cien ojos se hubieran posado en ella con extrañeza, el señor giró sobre sus talones y enfrentó su mirada llena de seguridad con los ojos de cervatillo asustado de ella.
-Siéntate, Louise. Dime, ¿eres francesa? -Louise perdió el poco aplomo del que siempre hacía gala. Estaba frente a él, ¿y no la reconocía? Él era el señor y no el mayordomo del señor como le había dicho la última vez que... Se obligó a parar sus pensamientos para contestarle: "No, señor. Me llamo Louise porque mi tía Luisa es mi madrina, y yo nací en Pau. Carl... " -Quiso pronunciar su nombre pero él la detuvo.
-No, Louise, no. Aquí soy el Señor. -Cogió su mano temblorosa para retenerla entre las suyas y el calor de él se propagó por sus venas-. Ven, te enseñaré la casa.
Cuando lo miró de soslayo, una mirada traviesa de su Señor la atravesó con la dulzura y el éxtasis del hombre enamorado.
- Y bien, Louise. ¿Te costó saltar la valla? -La miró de arriba a abajo como si quisiera constatar que no había sufrido daño alguno.
Ella no respondió. Había captado la ironía de sus palabras. Le dejaría que la guiara por las estancias mientras recuperaba el aliento. Ya después pediría explicaciones ante tamaña burla.
Él la sostenía: con un brazo rodeaba su cintura y con la mano libre sujetaba el codo de la muchacha. La sintió temblar. "No, no quería que se desplomara al recibir tantas impresiones seguidas. No todavía. Aún faltaba lo mejor. Tampoco sabía si podría aguantar hasta acorralarla entre sus brazos. Quizá en cierto tramo de escaleras que llevaba a las habitaciones la relajaría regalándole los arrumacos y palabras a las que la tenía acostumbrada. A solas se confesaría un mentiroso y un caballero: no era mas que un hombre que la amaba” –se armó de valor recordando una vieja conversación:
"-Pobre niña Louise, mi querida ahijada. ¿No será demasiado todo esto para ella? -le había dicho un mes antes su tía Luisa al enamorado de su sobrina y ahijada.
-No crea eso, señora mía. Louise es fuerte y valiente. Sabrá afrontar todo lo que la espera. Sólo tiene que saltar la valla y alcanzará todos sus sueños... y será a mi lado. Señora, créame: ¡Tiene mi palabra de caballero!"
30 de enero de 2006. La autora: ©©Purificacion Ávila.Todos los derechos reservados.














































