El 29 de enero, escribí:
Te esperé una eternidad. Hasta que mi corazón se congeló como el paisaje. ¿Se nos morirá el mañana aun si nunca existió?
Qué difícil es la vida, amor. ¡Qué extraña! Amores enredados y extraviados, amores a destiempo, amores que nos vienen y se nos van. Amores que se cruzan sin reconocerse y otros que se reconocen y no es posible tenerlos entre los brazos.
Se nos niega el amor, tú me lo niegas. No puedo besar tus labios ni enfrentar las tempestades. Un bien tan verdadero y potente que avanza buscando el mar y no se puede detener, ¿quién va a cambiar mi amor por ti? Nadie podrá detener el amor que siento por ti.
¿De qué me sirvió esperarte frente a la ventana? Sólo me quedaba el paisaje desnudo y desierto de un océano proceloso y congelado ante mis ojos, y no estabas tú. No puedo amarte. No me amas. Pero siempre estás ahí, tú, mi amor, sólo para mí. Más allá de los misterios abismales del destino de la vida siempre estarás tú, mi amor incólume e infinito.
El 5 de febrero, escribí:
Te busqué entre las sombras y te esperé ante la ventana y te hallé en una estrella, llegado el anochecer. ¿Sólo para mí estabas colgado del paisaje? Para entonces, mi amor, yo estaba ya congelada y mi corazón se quebraba como el cristal. Pensé embriagarme y olvidar tu ausencia constante. Pero te fuiste de mi pensamiento y con él se esfumaron mis ilusiones. La mesa quedó vacía ante el paisaje congelado doblemente. Y doblemente congelado se quedó tu recuerdo en el aliento que empañó los cristales de la ventana. Comprendí demasiado tarde que ya no vendrías a mí. Ayer me hiciste soñar con nuestro futuro y hoy es muy duro comprender el ayer. Jugaste con mi amor. Ingrato.
No sé qué hacía allí, yo no sabía esquiar. Me lo habías prometido: "Te enseñaré a hacerlo, cielo". Pero nuestro idilio nunca tendrá final porque no tuvo principio. Se abrirá un abismo a mis pies y tu alma y la mía unidas sólo por mi infinito amor no tendrá ya importancia. Moribunda, marcharé y dejaré que nuestro amor nos una gracias al idilio nacido de mis ensoñaciones. Sólo cuando la vida nos haya separado físicamente serás mío para siempre. Habrás nacido de un parto de amor sin padre reconocido. Me quedaré a la sombra del silencio en la noche solitaria y buscaré entre los pecaminosos sentimientos que derramo por ti sólo para ver si te encuentro.
El 7 de febrero, Alicia escribió:
Espero en ausencia de tu amor. Espero. Te espero. El mundo cruel ya me ha condenado. Moriré por tu amor. Que no juzguen mi vida ni mi amor por ti. El mundo no entiende de muertes peregrinas, cara a cara con la soledad, sin poder reclamar clemencia. Moriré de amor. Me marché lejos de esa mesa y de la ventana. El paisaje era ya bastante doloroso. Prefiero morir como si fueras mi enfemedad.
Diré adiós a quien me calumnia: les perdono por creerme otra. Diré adiós a tanta tristeza. Te espero más allá del arco iris, dulce y prohibido dueño de mi corazón. ¿Vendrás? [...]
El 9 de febrero, Andy escribió:
Puede que tal vez no vengas. Puede que esa angustia que me atenaza a veces sea suficiente para controlar mis paroxismos. Puede que la indómita luz que se hace carne en mí me ciege de una vez y para siempre. Que tus dedos de pianista desafinados toquen alguna parte de mi, y la hagan vibrar. Como siempre, como nunca. Porque morir es jugar... y yo quiero seguir jugando [...]
El 9 de febrero, Al escribió:
Sí, seguir jugando contigo, con tu rostro, con esa parada de mis labios sobre los tuyos para fundirse en un beso sin final. Seguir dejando resbalar mis manos sobre tu piel suave a la vez que tú tambien colaboras con tu tacto. Un fuego que no quemaba salía de nuestros cuerpos en busca de esa comunión física y espiritual que los dos deseábamos [...]
El 10 de febrero, Almena, escribió:
La noche comienza a ser vencida por el alba. Pero no tu recuerdo, grabado a fuego en cada uno de mis poros que hoy quieren volar hacia tu piel. No dejes que permanezcan huérfanos de ti mientras llega el día. Tienen tu marca y tu perfume. Serán huérfanos si tu piel no los completa [...]
El 11 de febrero, Nereida puso final a esta historia, y escribió:
La tormenta mojaba nuestras caras. Envueltos en tu abrigo caminamos abrazados. El olor a ozono nos embriagaba. En la intimidad que producen los cristales del coche, empañados por nuestro aliento, nos acercamos más y más… jugaron tus manos con mi falda. Yo te dejaba. Corría tu mano hacia mi secreto como mariposa, te posaste en mi carne, juntamos nuestros cuerpos...