-EL ÁNGEL-
[...] La lectura compulsiva no evitó que me habitara tu recuerdo. Estoy aquí, sentada frente a mi ventana. La lluvia golpea los cristales con fuerza inusitada. De igual forma me golpea tu recuerdo, me rebota en la cara sólo pensarte. Leo, levanto la mirada y oigo las gotas rebotar, vuelvo a tornar mi vista al texto, pero no hay forma. Me habitas todavía, tu recuerdo y mis desvaríos no han cesado con el paso del tiempo. Ya sabrás que soy más mayor. Los años han pasado con la ligereza de la gacela pero el tormento de la guerra, sin tregua ni descanso te he añorado, amado, yo nunca te odié –te lo aseguro-, y aunque haya quien se empeñara en hacerme creer que sólo eras para mi una obsesión, no es verdad. Mi obsesión única era que me amaras y que sintieras la fuerza de ese amor que yo te ofrecía, y tú, esquivabas.
Han pasado los años, comencé a contarlos desde el mismo instante en que presentí que nada había que hacer. La espera sí fue obsesiva. Siempre con tu recuerdo metido en mi cabeza: las líneas de tu rostro y la figura de tu cuerpo bailando en mis ensoñaciones con la viveza tangible de la realidad. Casi extendía los dedos, y podía tocarte. No eras un espectro, como ahora puedas quizá serlo, pues lejos como siempre sigues estando de mi alcance. Fue esa insufrible incapacidad tuya para dar un paso. Como en los juegos de ajedrez, donde no se puede ganar o perder sin mover pieza, y donde yo siempre jugaba sola. Los movimientos que tú realizabas yo los intuía en cada ocasión que nos topábamos, tanto en la calle como en nuestro lugar público de encuentro.
He dejado de leer este libro que me recordaba nuestro amor prohibido. Lo he dejado sobre mi escritorio al escuchar el sonido del viento llegándome en ráfagas contra la ventana. Oigo melodías musicales traspasadas de notas dolorosas, ardientes de deseos no satisfechos; se me rompe la tarde en lluvias y vientos de tristeza al recordar los tiempos que nunca fueron nuestros. La música me enfrenta a este dolor de contar mi historia, de dejar escritos los recuerdos, de lo que no pasó de ser una simple ensoñación. Esta es mi palabra escogida: nunca podré llamar obsesión a este amor tuyo y mío silenciados, introspectivos, colmados de soberbia. Te amé, aún te amo, Dios cómo te amo...
Soy más vieja. Las canas empezaron a teñirme el pelo desde muy temprana edad. Casi desde el día en que empecé a amarte y supe que nunca podría estar a tu lado. Las distancias que nos separaban aún no las tengo claras. Ni siquiera te dignaste escribirme esa carta que siempre ansié recibir. ¿Me odiaste? Quizá te cansaste, sin yo saberlo, amor mío, de vivir como una pesadilla mi presencia siempre hostigando tus ojos. Figúrate, esos ojos que un día se taladraron mutuamente... Y no me eches la culpa, que los dos participamos del juego de la seducción.
No sé por dónde empezar, mi amor, es triste desbaratar ensueños y hablar de mis sentimientos. Déjame recordarte cómo sucedió. Tal vez así empiece a quitarme de encima esta pesada carga, antes que la vida se me escape o tú ya no puedas releer mis cartas, a las que nunca contestaste. Por cierto, ¿las guardas, las escondes? O, ¿quizá las quemaste? Si supiera que las tienes todas atadas con su lazo... sí, justo como se ve en las películas de cine clásico... entonces sabría que, un poco siquiera, llegaste a amarme.
No sé por dónde empezar, me repito como lela, ya lo sé, -la senectud se agazapa tras una delgada línea invisible, ya ni sé qué me digo-. Es triste desbaratar ensueños y hablar de mis sentimientos, pero más me duele no haber llegado a conocer los tuyos. Preferiste relegarlos a compartirlos, pobre amor mío, sí debiste sufrir en silencio. Ya ves que soy benevolente contigo. Sigo esperando tu ansiado despertar a nuestro romance, pero continúas estando ausente, inconsciente o sumido en tu papel de hombre respetable, insondable, como tortuga que repliega el cuello y esconde la cabeza. Esa fue siempre tu coraza.
Al principio me desilusionó tu petulancia, tu voz gárrula reverberando en mis tímpanos. Fue el día que te conocí, no voy a decir “el día que nos conocimos” porque, ¿qué sé yo si ese día significó algo para ti? Te diré que para mí significó resucitar al amor y a la vida; dejé de ser la mujer enclaustrada que cuidaba de sus vástagos tras las ventanas de su torre de marfil. No daré más detalles, de momento. Tengo mucho que contarte, que contarme, que contar a quienes lean mis cartas, esas que caerán en otras manos cuando ya no estemos en este mundo, y entonces, podrán cara y nombre a la mujer que destrozó su propia vida.
No, no pienso pedir perdón, yo te amaba, amar no es pecado como no es pecado que ella, tu legítima, se escudara contra mi persona cuando comprobó lo que se estaba gestando a sus espaldas. Pobrecilla, debió pasar lo suyo. Pero a veces me pregunto a quien quiso atar, ¿al hombre amado, esposo y padre, o vigilaba la posición y el dinero que él le daba?
Yo nada ansiaba excepto tu mirada, tus caricias, tu amor con sabor a látex y sal, con evocaciones ecuestres y ansias de refugiarte en tus aficiones para no pensarme. ¿Por eso te matabas a sudar? Correrías de chiquillo me parecían: practicabas deportes que agotaban tu cuerpo para mantener la mente, tu mente florida e inteligente, tan ágil y fuerte como tus músculos...
Ya debo callarme estos detalles, que seguro llegarán más pronto que tarde en este manuscrito. No puedo desvelar tu nombre, no puedo decir el mío ni tampoco pronunciarlos en voz alta. Toda una vida arrastré esta pesada carga de musitar tu nombre con los labios más sellados que una tumba. Y siempre con el miedo de soltarlo en sueños y que lo oyera mi esposo: el hombre que sí me amó y amé desde mi juventud, pero que llenaba mis días sólo de rutina y algún menosprecio. Por eso acabé cometiendo esta infamia de amarte. Esa es mi gran culpa, el pecado que arrastro como un estigma clavado a fuego: dejar de amarlo a él para hundirme en la paranoia de desearte a ti, mi hombre prohibido de rostro impenetrable.
Eras hasta entonces, sólo un amor errante. Por eso llamé “corazón peregrino” a mi sensible órgano impulsor de vida. Todavía desconozco si el tuyo bombea sólo tu sangre o te corren por las venas mis chorros de “amor a raudales”. ¿Recuerdas el título de ese poema? Te lo escribí en una de mis cartas, pero nada respondiste. Lo tomaste a risa, no le diste importancia, o simplemente, lo ignoraste. Cómo me dolió tu risotada, qué afrenta ridícula; todavía se me encoge el músculo cardíaco... Un día de estos no me llegará más fluido rojo para que siga latiendo. Ni con un manubrio podrán hacerlo funcionar si no respondes después de leer toda esta historia que quisiera reconocieras como “nuestra historia”.
Hasta aquí, ya lo dejo. Ahora debo tomar mi pastilla para la hipertensión, darme un baño y salir a buscarte por las calles. Llueve torrencialmente, cogeré mi paraguas no vaya a pescar una pulmonía por querer verte mejor sin el obstáculo que supone llevarlo abierto.
Veinte años y aún no son suficientes para odiarte. ¿Obsesión? No, mi amor no es obsesión, no es odio, es simplemente, que te amé desde el mismo instante en que nuestros ojos se descubrieron y nuestras palabras se cruzaron en una presentación sobria pero bonita, y que recuerdo perfectamente:
-Hola, soy yo a quien buscas –me lo dijiste mientras ibas deslizándote sobre el suelo demasiado encerado. Me hiciste gracia cuando patinaste, y todavía me pregunto por qué sabías que te buscaba. Sonreí. Ocurrió entonces: el poder de la seducción acababa de empezar. El juego de palabras, también. La culpa la tuvieron nuestros ojos y nuestras recíprocas sonrisas.
-Encantada, hola, yo pasaba por aquí, me han recomendado este... –balbucí al ver la expresión de tu cara mientras me mirabas. No eras guapo, más bien arrogante, pero muy viril. Me enamoré perdidamente en ese preciso instante. Amor a primera vista, lo llaman. O al primer dislate, que es como se me antoja considerarlo dos décadas después. -No me dejaste terminar. Me hiciste entrar, y cuando lo hice, ya había dado mi primer paso hacia la perdición, o, ¿debiera decir nuestra perdición, amor mío?
Cuando esto salga a la luz corro el riesgo de que mi difunto esposo se revuelva en su tumba. Otra culpa, ¿lo ves? Siempre cargaré sobre mi espalda los pecados de amarte [...]
Fotografías: David Boreanaz y Julie Benz. Fotogramas de 'Ángel'
Nota de la autora: Prohibida su reproducción total o parcial. Ruego respeto por la Obra Intelectual en general y la mía propia. Gracias.









































