“AMOR EN GOZO”
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"AMOR EN GOZO"
Dieron las nueve en el reloj que se hallaba sobre la repisa de la chimenea de mármol de Trentino. Lo esperaba en la habitación del “Gran Hotel Sheraton” de París. Se habían conocido hacía tan sólo dos horas en el vestíbulo de la recepción. A aquéllas horas estaba atestado de turistas recién desembarcados y un tanto desaliñados, entremezclados con gente elegante que esperaba entrar al comedor a cenar. El gentío la ponía nerviosa. Fue en ese instante cuando se volteó y sus ojos se cruzaron con los de él. Fueron segundos eternos, ninguno parecía querer retirar la mirada del otro. Los separaba el gentío, pero Katia pasó de sentirse sola y vacía a no ver nada más allá del desconocido que la atraía con su intensa mirada.
Hacía dos horas de aquello. Ahora, Katia esperaba al español que cruzó la estancia con aplomo, sorteando la gente que se interponía entre él y ella. Ocurrió todo tan rápido que aún no se había despertado de lo que le parecía un sueño. ¿Qué hacía ella en aquélla suite tan lujosa con un desconocido? No podía recuperarse todavía de la impresión que le causó el hombre cuando, con paso seguro y gran aplomo, acortó la distancia hasta ella sin dejar de mirarla a los ojos. Entonces… él la tomó de la mano con una fiereza dulce y a la vez, posesiva, para arrastrarla hacia el ascensor y llevársela en volandas. Por un momento, se preguntó si él la había rescatado o secuestrado.
Su aturdimiento era tal que todavía no podía ponerle nombre a su propia forma de actuar. Ella, la dulce y sumisa mujer casada, se había ido de la mano del español que la taladró con la mirada en el hall del Hotel. “¿Qué le estaba sucediendo?” No se reconocía. Debía marcharse antes que él volviera. Le había prometido que en menos de una hora estaría de vuelta de su reunión de trabajo, le rogó que lo esperara, que deseaba conocerla. Se lo había susurrado al oído, con una melosa cadencia en su lengua materna a la cual ella se rindió y quedó más hechizada todavía…
Nadie le impedía escapar de la suite. Y sin embargo, ella permanecía a la espera, quizá todavía bajo los efectos del hechizo del hombre que la estremeció nada más verlo. Había empezado a recoger su bolso, dispuesta a marcharse, cuando escuchó que la puerta se abría. Era él. Había regresado. El hombre comprendió la situación enseguida: la mujer que se robó hacía un par de horas se estaba calzando sus zapatos de tacón y se disponía a huir de él. Se apoyó contra la puerta cerrada mientras la miraba interrogativo. Pero no salió palabra alguna de su boca.
Al verlo inclinar la cabeza y adoptar esa pose, ella supo que tendría que darle una explicación. Pero, ¿qué podía decirle? Que los remordimientos la estaban torturando, era cierto. Sin embargo, que Dios la perdonara, pero volver a verlo la devolvió al éxtasis que el aspecto varonil del hombre le causaba; soltó el bolso y se dejó caer en el sofá.
-Tardabas, lo siento, ya me iba. Verás, yo nunca… he hecho una cosa así. No sé qué me ha pasado…
-¿Acaso me tienes miedo? –Se había ido acercando a ella a paso lento, se le veía circunspecto, pero si ella se había sentado en el sofá todavía le quedaban esperanzas de retenerla.
-No entiendo nada: me coges de la mano, me arrastras tras de ti y me dejas aquí esperando. Verás, yo no soy una cualquiera. Tal vez me has confundido con una mujer de vida alegre.
-¿Lo dices por tu vestido? Es algo atrevido, de acuerdo, pero no me fijé en eso. Simplemente, te descubrí entre la gente. Ha sido mágico. A mí tampoco me ha pasado nunca esto, aunque te cueste creerlo… Son tus ojos, Katia, tú me atrajiste como un imán. Me has hechizado por completo.
Parecía sincero. “Dios, ¿qué podía pensar de la situación tan embarazosa en que se hallaba?” Él se confesó casado y la convenció de que no había nada de malo en lo que estaba sucediendo. Debía creer en un desconocido o echar a correr. Él no la obligaba, se lo dijo, haría sólo lo que ella estuviera dispuesta a hacer. No forzaría nada. Si se quería marchar podía hacerlo. Así fue como se dio cuenta que no quería huir.
La fuerte constatación de su presencia a su lado era imposible de soslayar. Se acercaba un poco más a ella cada dos minutos. Su voz iba adquiriendo por momentos un tono tan sutil que había pasado del timbre grave y varonil al del susurro que parecía mecerla. Se sentía como en un sueño, pero todo era real. Se hizo más real cuando él pasó un brazo por sus hombros y la simple caricia la hizo brincar de excitación. Él sonrió, consciente del efecto que ejercía sobre ella. “Katia, Katia”, le susurraba al oído.
-Un momento, español. Todavía no sé tu nombre. Eso es una descortesía. Me llamas por mi nombre, pero yo estoy en desventaja –el hombre esbozó una sonrisa socarrona. Con la mano libre le cogió la barbilla y giró su cara hasta enfrentarla a la de él. El rubor teñía sus mejillas, pero él pensó que le sentaba bien. Era tan bella, que le dolía mirarla.
-Me llamo Carlos, hermosa Katia. Estoy aquí por trabajo y no suelo acostarme con la primera mujer que veo. Puedes creerme o no. –Esperaba una respuesta suya, pero jamás pensó que ella iba a hacer lo que sucedió después…
Katia se había levantado del sofá como por resorte, sin mediar palabra se había quitado el foulard de su vestido de fiesta y colocándose tras el sofá, con el hombre de espaldas a ella, le ciñó la prenda alrededor de los ojos. Carlos emitió un suspiro y farfulló: “¡Qué demonios...!”
Con aquélla mujer no sabía a qué atenerse, no era como las demás. Era tímida y a la vez, sensual. Estaba llena de prejuicios y sin embargo, había tomado la iniciativa. Quedó claro que ella ya había decidido por los dos. Y se dejó llevar…
Intentó levantarse del sofá dispuesto a jugar a la gallinita ciega cuando sintió un peso que caía en su regazo, lo que lo obligó a volverse a sentar. Sus manos tantearon una piel suave pero algo fría. El contorno inconfundible de un cuerpo desnudo de mujer. Era Katia.
Durante un instante de pasmo, Carlos creyó ser víctima de una alucinación. Notó que el cuerpo sobre su regazo se retorció un poco y fue consciente de que dos suaves senos se apretaban contra su pecho. La ropa de él se interponía, y luchó por quitarse la tira de seda de los ojos para poder verla.
-No, por favor. Un momento, español. –Katia le habló entre susurros pero con apremio, las manos apretando las de Carlos para evitar que se destapara, objeción derivada de su absurda timidez. Estar sentada desnuda sobre las rodillas del hombre era una cosa, pero otra cosa sería que él la viera. No quería... todavía no sabía si estaba preparada.
Carlos dejó caer las manos sobre el sofá, expectante. Su cuerpo empezaba a reaccionar al cálido peso que tenía sobre sus piernas, y el deseo de descubrir qué haría ella a continuación dejó su mente en blanco. Cerró los ojos bajo la seda y sus manos comenzaron a vagar de manera espontánea.
-¿Por qué estás tan fría? –preguntó mientras le acariciaba un pecho con la mano ahuecada.
-Entraba una corriente muy fresca por la puerta de la terraza, y has tardado tanto, Carlos –contestó Katia amortiguando la voz en la garganta del hombre. –Llevaba semanas sin sentir el olor de un hombre excitado, anhelando apretar los labios contra unos labios que la desearan, y había llegado el momento: notó la sangre palpitándole en el cuello y supo que los latidos de su corazón se habían disparado. Lo besó. Primero en el cuello, luego en la oreja, remontó su mandíbula y se acercó a sus labios. Allí depositó sus labios contra la boca ansiosa de él, primero con timidez, indecisa, pero sabía que por fin estaba decidida a hacerlo. Ella se apartó y él buscó su boca en la oscuridad lanzando un improperio. En la búsqueda encontró un pezón y sintió como con el tacto de su mano se endurecía. Aquello era una tortura… “¡Por Dios, Katia!”, le gritó.
Katia percibió el primer tirón en el vientre, una sensación profunda y maravillosa de plenitud. Se acomodó sobre las rodillas de Carlos con un pequeño e inconsciente movimiento de placer. Carlos tomó el otro pecho con su mano libre, atormentando el pezón. Ahora le tocaba a ella sufrir la tortura del deseo… sin embargo, la ceguera intensificaba su sentido del tacto. Jamás había explorado así el cuerpo de una mujer, y ninguna mujer había propiciado un encuentro semejante. “¿Quién era ahora el cazador y quien el cazado?”, pensó esbozando una sonrisa de satisfacción. El cuerpo desnudo de Katia estaba totalmente expuesto para que él lo explorara a su entero placer, y aunque lo estuviera privando de la vista sabía que, antes o después, la vería. Debía esperar, seguirla; menuda mujer traviesa, dulce y sumisa era la hembra que tenía sobre sus piernas manteniéndolo al borde de la locura.
Carlos descendió con sus manos por el cuerpo de Katia hacia su vientre, recorriendo la blanda redondez de su ombligo. Éste se abrió a su dedo como una fruta jugosa, en cuya hendidura percibió un sorprendente tacto, tan suave como la seda que le tapaba los ojos.
Katia se movió en las rodillas del hombre, separando los muslos por instinto, como una especie de invitación. Leves arrebatos de placer recorrían ya su bajo vientre y era consciente de un extraño y ligero dolor, marcado por la necesidad, entre sus muslos temblorosos. Le resultó difícil saber dónde se concentraba el placer, y descubrió asombrada que todo su cuerpo era puro goce cuando las manos del hombre se deslizaron por su vientre hacia territorios inexplorados.
-Desata el pañuelo, Katia –le ordenó más que suplicó –. No sé qué intentas, pero para mí esto ya ha dejado de ser el juego de la gallina ciega.
Katia no dijo nada. Se limitó a obedecerlo y desatar el nudo de la parte posterior de su cabeza. El pañuelo cayó sobre el sofá y resbaló al suelo con la ligereza de una pluma. Sus ojos se encontraron de nuevo. Katia siguió enredando sus dedos entre el cabello de él mientras Carlos empezaba a bajar la mirada más allá de la hendidura de su cuello. Cesó por un momento en su exploración del cuerpo de ella y apoyó la cabeza en el respaldo del sofá contemplando a Katia con una tímida y desconcertada sonrisa no exenta de cierto triunfalismo por tenerla a la vista, por fin.
Fue entonces cuando Katia se inclinó y le besó los párpados dejando un fresco rastro de humedad en la delicada piel con la punta de su lengua. Luego hizo lo mismo en sus cejas, en las arrugas que tensaban su frente, sobre el promontorio de su helénica nariz para acabar en la leve hendidura de su barbilla. Quería conocerlo al completo.
-¿Se puede saber qué pretendes, además de provocarme? –preguntó él- Y no me digas que pretendías sorprenderme. Porque vaya si lo has hecho, Katia. Yo sólo quería conocerte, y…
-¿Me estás diciendo que no querías sexo de mi? Pero yo…, yo creí que me deseabas, español –dijo ella pasando al tuteo y revolviéndose nerviosa ante la situación suscitada. -¡Qué idiota soy! ¿Cómo pude pensar que tú me deseabas? He hecho mal, lo siento, tal vez debo marcharme. Supongo que no te ha gustado mi forma de comportarme. Pero, ¿tanto te importa quién toma la iniciativa? ¿No está bien? –casi sollozaba.
-¡Sí, está bien, Katia! Es un hombre ingrato el que mira el diente a caballo regalado, aunque este hombre que tienes delante no tenga ni la menor idea de cómo o porqué se lo han regalado. –Con una sonrisa lasciva, colocó las manos en la cintura de Katia y procedió a cambiarla de posición en su regazo, de tal modo que ella quedó inclinada sobre su pecho mientras él se iba deshaciendo de los pantalones. Ella lo ayudó en la maniobra de sacarse la camisa, casi le arrancó la corbata desbaratada y, con un ligero tirón de la prenda, dejó al desnudo su torso ante ella.
-Ya era hora de que yo te sorprendiera a ti –añadió con picardía.
Katia abrió los ojos como platos. De repente se sentía expuesta ante él: ya la veía en plena desnudez. Pero también él estaba expuesto ante ella. Ninguno de los dos podía evitar que sus lugares secretos quedaran al descubierto, así es que intentó zafarse de la presión de las manos de Carlos cuando se percató que afloraba la vergüenza. Carlos no sólo no se lo permitió. Desplazó una mano de nuevo sobre el vientre de Katia y acarició, y palpó la carne sedosa. Llevó la otra a uno de los senos y rozó suavemente el pezón.
El dolor surgió otra vez, puro y nuevo, y el pulso en el bajo vientre de ella empezó a palpitar con fiereza. Sus muslos se abrieron espontáneamente y dejó de resistirse mientras la mano en su vientre se deslizaba entre ellos.

Carlos abrió despacio la flor de su sexo. Ella se rozaba contra sus dedos, consciente del centro húmedo y ardiente de sus entrañas. Él encontró el pequeño y eréctil centro de placer y lo atormentó con la punta de un dedo, acariciándolo con delicadeza hasta que ella gimió, suspendida en la antesala de un torbellino de sensaciones, el vientre y los muslos tensados, el tronco tembloroso… los dedos de Carlos se deslizaron en ella y el pulgar siguió jugueteando con la pequeña e hinchada prominencia.
Katia dejó escapar un grito cuando la primera y dulce oleada de éxtasis irradió de los dedos de Carlos y se desplazó por su vientre y por sus muslos. Ella se retorció en su regazo, apretándose contra su mano, sumida en una urgencia vertiginosa de placer. Estalló algo muy hondo dentro de la mujer, tanto que la hizo gritar entrecortando su respiración, al tiempo que se disparaban por todo su cuerpo deliciosas culebrillas de gozo.
Carlos la sujetaba sintiendo como ella se estremecía en sus brazos, con la piel erizada y húmeda apretada contra su pecho velludo. El sexo de Katia estaba sumido en puro éxtasis cuando restregó su boca con la de él. Sus labios rozaron la punta del mentón de Carlos, descendiendo después por la garganta hasta perderse en la maraña de su pecho. Allí posó su lengua y trazó un camino húmedo con ella hasta llegar a los pezones de él; cerró sus labios sobre ellos y los lamió apenas en un roce imperceptible con los dientes, que a él le hizo botar en el sofá.
El olor del hombre la alimentaba, lo deseaba… al completo. Notaba la dureza de su miembro presionándole el trasero, se movió provocadoramente contra él mientras seguía jugando con sus pechos. Carlos lanzó otro leve suspiro y se dejó vencer ante el poder irracional del deseo. Fue ese débil sonido el que llenó a Katia de satisfacción. Sólo por ello se atrevió a introducir la mano entre ambos cuerpos y deslizarla hasta cerrar los dedos en torno a su erección. El sexo de Carlos rebotó al contacto con la palma de la mano de la mujer. Estaba duro y caliente, y con el dedo rozó las gotas de humedad que perlaban en su punta. Él deslizó la mano bajo el trasero de ella y la levantó, apartándola de sí sólo lo suficiente para permitirle maniobrar con su miembro. Éste se soltó hacia arriba, y Katia, con un débil gemido, movió los muslos para tomarlo entre ellos.
La cabeza de Carlos cayó hacia atrás en el sofá con un suave murmullo de satisfacción. Le tomó los pechos con las palmas y jugó con sus cabellos mientras ella estrechaba su sexo entre los muslos apretándolos contra el suyo y provocando que oleadas deliciosas cobraran vida de nuevo en sus entrañas. Luego, se giró sobre el regazo de Carlos hasta quedar cara a cara. Parecía saber de manera instintiva qué debía hacer, así es que movió una pierna y se quedó sentada a horcajadas sobre él. Se levantó un poco y bajó el cuerpo hasta tocar el duro y empinado falo. Lo acogió en lo más hondo de su cuerpo, abierto y húmedo, notando cómo se adentraba más y más cuando ella presionaba con sus muslos.
Carlos la agarró por las caderas y estiró las piernas bajo el cuerpo de la mujer. El movimiento cambió las sensaciones dentro de ella, que comenzó a jadear. Él sonrió y volvió a encoger las piernas. Movió los músculos de sus muslos con destreza, y ella botó sobre Carlos. Lo miró fijamente con los ojos clavados en los de él, presa del pasmo. Se inclinó hacia adelante y lo rodeó con los brazos. Así pudo tocarlo con todas y cada una de las partes de su sensibilizado cuerpo. La lengua de Carlos serpenteó por las curvas de sus pechos y lamió la profunda hendidura entre ellos. Katia echó la cabeza hacia atrás, las sensaciones que la atravesaban eran desgarradoras. Carlos gritó con fuerza al alcanzar el clímax. Su miembro latió en lo más profundo de la cavidad aterciopelada al mismo tiempo que los músculos vaginales se cerraron sobre su miembro como si tuvieran vida propia.
Ella se reclinó sobre el hombro de Carlos, su piel resbaladiza por el sudor, y él llevó una mano a la arqueada espalda de ella para sosegarla. Pensó que iba a dormirse cuando sintió las manos de él en su trasero, la levantó ligeramente y salió de su interior.
Katia levantó la cabeza de su hombro y clavó la vista en sus ojos. Creía ver que en ellos aún persistía una leve sonrisa, pero tras ésta intuyó que había quizá algo más… Katia saltó de su regazo. De pie lo miró con expresión vacilante mientras el sudor se enfriaba sobre su piel. ¿Qué había hecho? Ella era una mujer casada y nunca había sentido las cosas que había vivido con el hombre que la miraba exhausto tras el acto. Se preguntó si aquello era hacer el amor, porque desde luego, no se parecía en nada a lo que su esposo la tenía acostumbrada.
Carlos la observó en silencio con semblante triste. Sentía que su mundo se había vuelto del revés y quizá, también se lo había vuelto a la mujer que había conocido horas antes. Se parecía tan poco a su esposa; ella, que era pura lascivia y desinhibición. Astuta como cualquier mujer de la noche y, sin embargo, Katia no era más que una mujer casada y mustia a la que abordó esa tarde con intenciones de pasar un rato agradable, charlar y tomar unas copas. Jamás pensó llevársela para fornicar. Sabía que todo se le había ido de las manos. Y sin embargo, no se sentía culpable. Estaba feliz. Era duro reconocerlo, pero Katia era especial. Sobre todo porque ahora era testigo de la propia incredulidad de la mujer al descubrir su sexualidad, desinhibida al fin.
Advirtió que ella temblaba y le dijo que se metiera en la cama después de ducharse. Pero ella sabía que después de aquella noche todo se habría acabado. Una aventura que quedaría en su recuerdo cuando el español se fuera. Mientras lo esperaba entre las sábanas, lo miró volverse y vio que él propinaba un puntapié a sus pantalones tirados en el suelo. Ella no entendió esa actitud, ensimismada como estaba al devorar con los ojos cada centímetro de la ancha espalda, sus hombros recios, la sinuosa ondulación de sus omóplatos bajo su cuerpo fornido. El magnífico trasero la distrajo. Era más que redondo, pero también liso y tenso, y blanco, sorprendentemente blanco en contraste con el tono más moreno que se iniciaba en la cintura. “Ay, el sol español”, pensó que había pasado mucho tiempo al sol sin camisa. Le encantaron incluso las corvas y la graciosa prominencia de sus pantorrillas…
Carlos se dio la vuelta para meterse en la cama y ella pudo admirar su pecho amplio, los pezones bajo el vello oscuro y siguió su camino visual a lo largo de una estela de pelo negro que brotaba de su ombligo. Ahora el miembro en reposo anidaba entre cabellos negros rizados. Se estremeció al recordar la sensación de su dureza al penetrarla hasta lo más profundo. Carlos entró en la cama y ella se agarró a la almohada a punto de sollozar. Las frías sábanas eran una tortura para su piel todavía acalorada.
-¿Por qué querías hacer el amor conmigo, Katia? –A ella le pareció una pregunta capciosa.
-¿No era eso lo que esperabas acaso?
El hombre se mesó los cabellos sin entender nada.
-Por experiencia te digo que las esposas no son especialmente libidinosas… Lo cierto es que no creí que tú fueras diferente.
-Supongo que te parece impropio de una esposa ser lasciva y mucho más si es ajena. –La afirmación de Katia lo hizo reflexionar.
-Pues tú eres la excepción, Katia bella. –Ella no supo cómo tomarse el comentario.
-¿Y qué hay del amor? –preguntó ella con indecisión.
-El amor no tiene nada que ver en alianzas como la nuestra, querida. Separemos el matrimonio de esto. ¿Lo entiendes?
Katia no lo entendió, ni lo entendería nunca.
Cuando a la mañana siguiente la silueta del hombre era devorada por la distancia, mientras ella se alejaba dentro de un taxi de regreso a casa, se entregó al llanto y la desesperanza. Él agitaba la mano y se hacía cada vez más pequeño ante sus ojos a medida que el automóvil se alejaba calle abajo. Tan sólo le había dicho dos palabras antes de subirse al taxi y después de besarla con ardor. “Te deseo”. "Pero si volvía a verlo, Carlos el español aprendería a amarla", pensó mientras se entregaba a lo que ya empezaba a ser sólo un recuerdo de... amor en gozo.
¿FIN…?
©Purificación Ávila López. -TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS- ©Prohibida su reproducción. -Alicia Rosell ©