
“TRISTE PÁJARO DE SENECTUD”
"Dedicado a mi abuelo, que partió el día siguiente al de Navidad, con ochenta años recién cumplidos..." "Se lo dedico también, a Alicia Fuentes, que me auguró el advenimiento de logros literarios, de quien tomé prestado su nombre en su honor, y que nos dejó un 25 de diciembre de 1980". "Os quise y amé a los dos. Siempre estáis en mi corazón."
"Y de repente, un extraño llegó envuelto entre las sombras del bosque..."
La noche caía silenciosa cobrando formas oscuras entre la maleza de los árboles. Las pisadas del anciano hollaban el suelo, rumbo a su cabaña -reblandecido por las lluvias caídas en los últimos días- e iba dejando una estela en su recorrido. Qué fácil era llegar hasta él siguiendo las marcas de sus botas en el suelo. El frío le había hecho desistir de continuar trabajando en su huerto. Los animales ya habían comido, había encerrado a los cerdos y las gallinas le habían brindando una cesta de huevos. Se retiró despacioso y enjuto, mecido por las sombras del atardecer. En su cuerpo se le erizaba el vello con más fuerza que nunca, aunque le vinieran acuciando escalofríos, cada tarde y cada anochecer, desde hacía varios meses.
Disfrazado con las galas del 'bucanero intrépido' que habitaba secretamente su cuerpo, el anciano sentía cómo se le encrespaban cada uno de ellos hasta quedar enhiestos.
Aquélla tarde la oscuridad se volvió tenebrosa; más negra, más turbia y menos apacible que nunca... Vivía solo desde que enviudara hacía ya varios lustros. Era un anciano en medio de una especie de jungla, 'un eremita' -como lo llamaban en el pueblo- porque no quiso regresar a la civilización, porque su vida seguía allí donde seguía estando el espíritu de su amada esposa. Él mismo lo decía: ' Si me voy, ¿quién va a ponerle flores frescas cada día?'. No, sería él quien lo hiciera mientras le quedara un hálito de vida; eso era lo que siempre decía.
Ya lo había decidido hacía mucho tiempo. No se iría hasta que le llegara también su hora, cuando ya no dependiera de él.
Sentía que esa tarde le dolía la nuca, que algo extraño se cernía y estrechaba sobre él en inexorable cerco, algo que llegaba envuelto en sombras que no reconocía, que le hablaba entre murmullos y con un peculiar bisbiseo. Estaba asustado por vez primera, mas no cesó el movimiento arrítmico de sus piernas ni pensaba hacerlo mientras le sobraran arrestos. Llegaría hasta la puerta de su vieja casa. Se sentaría en su mecedora bajo el porche para cumplir así la rutina de sus últimos cincuenta años de vida.
Esperaría hasta oír la voz de su esposa llegando hasta sus finos tímpanos, como cuando gritaba desde dentro que ya estaba la cena. Creería escuchar las peleas de sus hijos y las reprimendas de la madre para que callaran. Eso creería cuando en realidad no eran sino sus recuerdos lo que pretendía escuchar. Sabía, con total certeza, que la imaginación le gastaba bromas pesadas.
-¡Pobre viejo, muere ya! -Era la voz del loro que tenía enjaulado el que gritaba la horrible frase. Él mismo lo había amaestrado para que la repitiera, cada día. Así la escucharía como una letanía cada vez que se sentara en su mecedora, bajo el porche.
El animal siempre esperaba a que su dueño dejara caer su vieja osamenta sobre las tablas raídas del asiento que treinta años atrás construyó para él y su mujer. La mece
dora de Alba permanecía al lado izquierdo de la suya; siempre vacía, silenciosa e inamovible... excepto cuando la cimbreaba el viento que la hacía chirriar en largo quejido. Recobró la sensación del presente en cuanto el loro graznó aquélla frase con resabida estulticia. Si la sombra lo azuzaba de nuevo no pensaba defenderse. Estaba decidido ya. Quedaría en manos del destino, como era de ley que así fuera. Se abandonaría a su destino, como ya estaría escrito, -así pensaba.
Los años vividos le habían robado sus escasas fuerzas: sus sentimientos más bellos yacían marchitos en su corazón y ni fragantes habitan ya en su memoria. Desde que la perdió a ella y a sus cuatro hijos ya no amaba el bosque, la naturaleza que lo rodeaba la sentía inanimada. No podía amarlo porque nada que allí creciera, pululara o habitara le devolvería ya la alegría perdida. Dejaría que el terror le cosiera los labios, se tragaría cualquier alarido o pedida de socorro si fuera necesario, pero dejaría que la muerte se cerniera y se ensañara con él si así lograba salir del bosque inanimado.
Tal era su fuerza y su debilidad. Le daba igual no seguir habitando aquel mundo de sombras. Tan sólo deseaba reunirse con ellos.
Se sentía cansado de luchas, extenuado de los trabajos de sol a sol; derrotado el ánimo ya, pues no se conformaba con escuchar el eco de sus nombres si le parecía sentirlos brotar de entre la maraña de frondosos árboles. Vivía solo, y éso era una amenaza revelada para un hombre casi octogenario, encorvado a causa de la espondilitis anquilosante que lo sumía en un torrentoso caudal de dolores que no le daba tregua. Esa tarde regresaba con el cubo de zinc rebosante de agua para su aseo personal, la mirada gacha y los pantalones -rotos por los bajos- arrastrábanle por la ponzoña del lodo infectado de los productos químicos que esparcía por los sembrados. Las botas las tenía despegadas por las suelas y su chaqueta vieja le caía arrugada sobre el costado derecho, que era el lado del cual se inclinaba su cuerpo, además de hacia delante. Así era como en su figura se marcaba más aún el aire melancólico que los demás percibían, y del cual no quería ni oír ni hablar.
- ¡Viejo imbécil, muere ya!
Y a continuación escuchó lo que él mismo le había enseñado al loro:
- ¡Pobre viejo, muere ya!
Pero, ¿quién había dicho la primera frase? No recordaba haber oído esas palabras jamás salir del pico de su pajarraco. Tal vez fuera que la sombra estaba cada vez más cerca... O que se estuviera cerniendo en ése preciso instante sobre él una amenaza mayor que la infamia de estar vivo.
Cuando levantó la mirada vio de cara la muerte con su guadaña en forma de soga y varios hombres que reían mientras él se hundía en un pozo sin aire. Sintió que la soga le quemaba los tendones del cuello; el ardor se tornó tan intenso que el calor de su propia sangre, atorada en el punto donde ya no tenía retorno, le demudó la cara dejándosela del color del cubo de zinc. No luchó, no quiso mirar a su atacante. Se dejó arrastrar, sin pena ni angustias hacia la oscuridad del bosque inanimado.
Había cumplido su misión en la vida y estaba en paz consigo mismo. Dejaría que los misterios de la noche se tragaran las sombras que lo habrían de llevar en volandas sobre alas de ángeles. Sus ojos contemplaron hermosos paisajes mientras surcaba un cielo azul con un arco iris enorme dibujado contra el infinito. ‘Ya no existo’, -se dijo. También seguía oyendo las voces de los asesinos, pero ya se sabía muerto. Todo acababa allí de una forma absurda: su loro repitiendo la frase odiosa y los asesinos revolviendo la cabaña en busca de unos caudales que nunca encontrarían, porque no los tenía... Se irían con las manos vacías aunque manchadas de sangre.
Nadie sabría nunca que le habían hecho un favor. El anciano sonrió cuando pensó en ello segundos antes de expirar, y esa fue la expresión con que lo encontraron al día siguiente sus amigos. Habían quedado en que pasarían a recogerlo para llevarlo con ellos al pueblo donde pasaría los días de Navidad. Faltaban tan sólo dos noches para Nochebuena. Ya se esperaban las primeras nieves: lo anunciaba el viento que arreciaba del norte y el color del cielo. Nada bueno le esperaría a un anciano solitario en medio de la montaña, a mil metros de altitud, rodeado de nieve y silencio... salvo hundirse aún más en su tristeza cuando llegaran la Nochebuena y el día de Navidad.
-¡Amigos, llegáis a tiempo! -'graznó' el loro, entre aleteos histéricos que lo desplumaron, desde la jaula donde se golpeaba contra las rejas como poseído por el diablo.
-Un loro que grazna no debía ser una compañía muy agradable -dijeron los dos hombres que permanecían aún en pié ante el anciano.
-¿Qué dice este loro loco? -le preguntó uno a otro-. Si está muerto es que no hemos podido llegar a tiempo. Pero, ¿a tiempo de qué?
-No está tan loco el loro. El viejo Isidoro en persona lo enseñó a decir ésa frase y otras... -farfulló el otro hombre dirigiendo su mirada hacia el buen amigo asesinado. No se conmovió ante la expresión de paz más hermosa que jamás vio antes en rostro anciano recién fallecido.
-Nunca supimos para qué se las enseñaba. Ahora lo entiendo todo. Hemos llegado a tiempo... porque no hemos llegado a tiempo para arrancarlo de su casa, ni de salvarlo. Ésto era lo que él deseaba. ¡Viejo loco!
-¡Viejo loco, viejo loco! -gritó el loro como un desgraciado sin parar de dar vueltas por la jaula.
-¡Viejo imbécil, muere ya! ¡Amigos, llegáis a tiempo! -Y así continuó durante rato hasta volverse casi loco cuando su viejo compañero lo hubo abandonado. Tal vez ahora alguno de aquéllos dos hombres lo echara a volar. '¡Volar, volar! Para llegar, ¿adónde?' -pensaría el loro de no ser animal.
Pero nadie sabría ya que Isidoro también le había enseñado a pensar y formular sus pensamientos en palabras.
-¡Más allá del arco iris... más allá del arco iris! -El loro repetía ahora la frase que su dueño le había enseñado esa misma tarde, justo antes de que las sombras se cernieran sobre la cabaña y el sonido del frondoso bosque se tragara los ecos de cuantos nombres habitaron el lugar durante los últimos cincuenta años."
-FIN-
Bilbao, 14 de diciembre 2006.
©Purificación Ávila - Alicia Rosell©






































