Estoy ardiendo de amor en loco e inesperado deseo. Ansío tu alma, pero te ansío completo, con tu cuerpo presto a luchar con el mío en ardiente y lujurioso fragor de amorosa batalla.
Quiero arder en el fuego de tu pasión, quemarme contigo y hundidos en las profundas llamaradas del volcán del deseo, de mi cuerpo yermo de caricias, necesitado de tus manos, extrañado de la ausencia de tu cuerpo; de todo tú.
Estoy ardiendo desde las entrañas y se incendian con rubor mis mejillas mientras retozo exhausta tras el expolio al que sometimos a la cama; todo rodó hecho bola de sábanas tibias lanzando al aire el impregnado olor de nuestro deseo: se deslizó hasta el suelo y hasta allá te arrastré... huyendo de ti para que me atraparas, para que te hundieras en la flama de mi virtud vencida, y resbaláramos entre las sábanas precipitándonos al suelo de baldosas frías que nuestros cuerpos calentaron...
Te deseaba con la urgencia de la hembra en celo que apresa al macho; aún te deseo, desde el ahogo de mi alma aferrada a la tuya como en un hilo invisible por donde correrá nuestro pensamiento; para sentirte estremecer todo tú, y susurrar mi nombre en suave ronroneo al oído mientras me recorres, ebrio de locura, con tu boca y tus manos, desde el cabello hasta las puntas de los pies, haciendo de ese camino inexplorado, puro gozo y alegría al sentirnos amantes; sabiéndonos mutuamente amados.
Quiero recobrar la memoria del primer encuentro para reinventarte cada día y sentir el hueco de tu cuerpo desnudo en mi lecho, replegado contra mi cuerpo desolado sin ti, y abandonarme al reclamo de tu alma a través de mi carnal entrega.
Quiero soñarnos rodando por el suelo, enredado todo tú entre mis piernas y mis senos, mi cabello largo tapándome la cara y entrando en tu boca, y tu boca robándome la cordura en cada poro de mi piel que humedeces con tus labios, con tus dientes, con tu lengua. Te miraré a los ojos sin pestañear, perdida en la insondable profundidad de tu mirada, mientras me haces tuya con la furia del amante, y la dulzura del enamorado. Mientras te robas mi deseo a fuerza de embestidas yo te iré revolviendo el cabello y mis dedos se enredarán en tus rizos; con manos firmes acercaré tu cabeza hacia mi vientre maltrecho. Te incitaré a que hundas tu boca en mi ombligo y sepas del sabor de mi piel, del olor de mi carne rosada.
Sudando, arreboladas las mejillas, semidesnudos aún, amándonos sin dejar de mirarnos, sin dejar de tocarnos y desenroscarnos, seguiremos rodando por la cama, por el suelo, tú por mi cuerpo y yo por el tuyo... hasta que mis gritos se apaguen contra tu boca tapando la mía y serenes las convulsiones de mi cuerpo con tu lengua profundizando en mi boca; "lascivia pura sería si no existiera amor"; te lo digo y ríes feliz, desbordada tu sed de mí mientras me tomas con fuerza por la cintura y vuelves a arrastrarme de nuevo contra ti, incendiado todo tú de nuevo, arrebatado en tu propio desenfreno.
Con tu pasión enarbolada rozarás mi vientre, bajarás con tus besos de nuevo hasta el rincón escondido donde te esperará la relajada flor de mi sexo con sus pétalos abiertos, enrojecidos todavía por el calor de tu boca y tu desenfrenado y acompasado movimiento de la primera batalla. La resucitarás si la degustas cuando retorne a ser sólo tímido capullo; mientras me abres cual despliegue de alas de mariposa, mis senos coquetearán y te buscarán, incansables y juguetones, rozándote con mis pezones ya endurecidos, al menor de tus descuidos. Te sorprenderás con tus propios suspiros al saberme enteramente tuya. Hallarás en mi cuerpo tu mejor refugio, y sólo tu cuerpo será mi único escondite: lugar seguro al cual acudiré toda vez que me reclames.
Será buena táctica el juego del leve roce de mi aproximación y distanciamiento para acabar tomando con mis labios encarnados el sabor de tu boca y así, todo tú dentro de mí, te fundirás para volver, de nuevo, mutuamente a enloquecernos. No quedará milímetro de nuestros cuerpos sin palparse en la total sumisión de nuestros cuerpos obedeciendo a nuestras almas.
Divina locura la mía; mientras llovía, frente a mi ventana, te estuve soñando despierta para no sufrir la ausencia de tu corpórea presencia.
Cuando termino de recordar, la lluvia cesa. Es -en ése preciso instante- cuando oigo la llave en la cerradura. Te veo entrar, gallardo y sonriente. Te me acercas para arrebatarme de nuevo la locura con la que me abandonaste al amanecer, después de haber sucumbido ambos al encuentro de nuestros cuerpos.
Ya no me sentiré pájaro enjaulado tras las rejas de mi cárcel de amor. Te mantendré atrapado. El olvido, con la memoria de las largas horas sin ti, al fin, se ha disipado.
Alicia Rosell © Purificación Ávila ®
Bilbao, 13 enero 2009 - PROHIBIDA SU REPRODUCCIÓN TOTAL O PARCIAL

































