
"Contemplando la bravura del mar, creí verte salir tras de las rocas..."
Foto de Bakio: ikusibilbao.es
"PALABRAS DE AMOR"
-Extracto de novela-
"A ti, a esa manera tuya de mirar, a tu sonrisa tan particular, sólo a ti..." ( Dyango ◘ Domenico Modugno)
"Contemplando la bravura del mar, creí verte salir por detrás de las rocas, y por ti desafié al viento. Desencajado tu semblante, ya ante mí, vi cómo se reflejaba mi amor en tu mirada. Las palabras las elevaba el viento y las arrastraba el oleaje. Pero tus ojos se me clavaban como afiladas agujas y no podía dejar de mirarte. El viento revolvía mi cabello y tus palabras me llegaban entre murmullos de olas rompiendo contra las rocas. Te me acercabas con la camisa abierta y los pantalones subidos hasta las pantorrillas. ¿Te escondías, amor? O, ¿Salías a buscarme? Me llamaste por mi nombre y creí que me había vuelto loca. Debía estar soñando: Tú, mi amor imposible, salías del mar de Neptuno y me gritabas palabras de pasión... ¿O de posesión? Las oía, luego no soñaba.
No eras navegante, ni pescador, ni náufrago, ni bañista, ni mago; Eras el amor perdido, mi hombre ensoñado que venías hacia mí, que salías del mar con la furia de un vikingo y me llamabas por mi nombre. Al verte así, calado hasta los huesos, enloquecí de emoción.
Tú y yo, un amor imposible en su final, hollando la arena de la playa, frente a frente, al fin. Soñé que tú me soñabas, como anoche. Ahora, sentía tu aliento en mi nuca, me rodeabas sin tocarme y un escalofrío me recorrió, mezcla de frío de mar con calor de tu cuerpo, y me dejé abrasar al primer roce.

No veía el mar, no sentía el viento, no olía el salitre, pero toqué tu corazón cuando llevaste mi mano con tu mano a tu pecho ardiente. Me arrastraste contigo al infierno de la pasión. Sonaban otras palabras, como notas de canto triunfal: Era mi nombre, que repetías sin cesar. Con sólo cuatro letras mi condena se esfumó. Ya no sentía temor, ya no moriría de pena.
Encontré tu amor ofrecido, allí, refugiada en tu pecho. Y olvidé las noches cuando me dormía pensándote, cuando moría cada día un poco al anochecer y tú eras mi única enfermedad. Adiós al sufrimiento.
Empezaba a sentir tu cuerpo contra el mío, y nos derrumbamos sobre la arena, me hacías el amor con la urgencia sexual del adolescente y la sabiduría del hombre experimentado.
-Yo sin ti me moría, sin ti no sabía vivir y no podía hacer nada para alcanzarte. Eras mi estrella inalcanzable, mujer.
Lloré, me acoplé a su cuerpo haciéndonos uno, y me pidió perdón por los años de dura espera mientras me llevaba más allá del viento, del sueño ambicionado donde siempre estuviste tú, mi amor prohibido. Ahora estabas allí sólo para mí. El mundo ya no tenía límites. El desenfreno de tu pasión me arrastró más allá del profundo deseo y te amé con la dulzura de la joven enamorada por vez primera y la mujer que te deseaba hacia una década.
El destino infinito se me abría en las entrañas cuando me arrancaste el primer gemido y me jurabas amor eterno. Te creí, por la furia de tu embestida, por tus caricias suaves pero voraces.
¡Dios, cómo te amo! Al fin podía besar tus labios... Enfrentaría el pecado contra el viento del mar embravecido. ¿Verías mis manos temblorosas? Mi vida era un desierto hasta que apareciste justo cuando yo buscaba el punto por donde hundirme en el mar, pues cansada de esperarte había perdido la ilusión de vivir. Y apareciste de entre las rocas, para ofrecerme tu amor como un río que corre hasta ir a parar a la mar. ¡Dios, cómo te amo!
-¿Cómo sabías que estaba aquí? –alcancé a decirte en el fragor de nuestros cuerpos ensamblados.
Rodábamos por la arena y mi pelo se enmarañaba, se volvía áspero como la estopa, se metía en tu boca, y lo lamías, como lam
ías todo mi cuerpo. Te comías pelo y arena, y no te quejabas. Me entregaba a ti y desterrabas la tristeza que sufrimos durante años de espera tornándola felicidad. Con cada nueva sacudida tuya contra mis entrañas exorcizabas el pasado para abrirnos a un futuro sólo nuestro.
El ocaso avanzaba mientras culminaba nuestro acto de amor. Era la puesta más hermosa del mundo, con el sol rayano sobre la línea del horizonte que recortaba su disco entre el cielo y el mar. Ya no vería más cielo azul volverse gris, ni la mar se tragaría mi amor enajenado. Estabas conmigo, y no pensaba más en 'el mal partir'. Nuestro final pasaba a ser nuestro principio.
-La vida nos separaba, pero el destino siempre nos ha unido. ¿No te dabas cuenta, mi cielo? –me susurraba con la palabra entrecortada por la extenuación tras la primera batalla amorosa.
-Me has salvado, a esta hora podría estar siendo devorada por los peces y... –me tapó la boca con sus labios para no oírme.
-No se te ocurra hacerme nunca algo así. Soñé que estarías aquí, mi amor. Te sabía perdida por las calles, rumiando tu desesperación por no estar a mi lado. Yo sentía lo mismo y por eso vine aquí, a morir... –Me atrajo todavía con más fuerza contra él para poseerme otra vez-. El destino volvió a unirnos, esta vez frente al mar. No, mi amor, no. Tú me salvaste a mí.
Grité de alegría y como niños lloramos, abrazados con fiereza; sabía que me decía la verdad: La llevaba impresa en la retina. Siempre me había amado cuando yo creía que no. Ya había derramado demasiadas lágrimas a lo largo de los años, quizá tantas como para llenar un océano, y entendí que el mar que nos unía lo había llenado yo misma.
El sol se puso, los colores del paisaje se despintaron, sus besos se quedaron prendidos en mi boca y la huella de sus manos dejó marcada mi piel a fuego. Nos amamos hasta que llegó el amanecer. Y empapados por la lluvia nos despertamos. No era un sueño, suspiré. Yo seguía allí, y él cobijaba mi cuerpo con el suyo de las inclemencias del tiempo. Lloviznaba.
-Soñé que te soñaba, y después del sueño, contigo me despierto –le susurré al oído- Una sonrisa afloró en su rostro de amante satisfecho. Abrió los ojos, triunfante me miró, como si nunca lo hubiera hecho, y entre arrullos y miradas desafiantes se me declaró con ese timbre suyo de voz que podría distinguir entre mil hombres:
-No tengo intenciones de dejarte marchar mientras yo viva. Por cierto, ¿Te he dicho ya que te amo?
-¿Cuánto durará tu amor? -no me contestó porque todavía bostezaba, pero vi que me señalaba nuestra ropa que, arrastrada por la marea, aparecía y desaparecía entre remolinos de espuma y arena.
-Lo que nosotros queramos, mujer mía. Mira la ropa y míranos: estamos desnudos y empapados, solos en mitad de un desierto de arena a los pies del mar. Dime entonces si acaso no te dice esta escena lo que durará nuestro amor.
Reí a carcajadas y mis lágrimas de risa, frío y amor se confundieron a la par que nuestros cuerpos se enredaban de nuevo.
Sentíamos como si alguien nos vigilara desde hacía rato. No estábamos solos en la playa. No lo habíamos estado desde la tarde anterior... Primero reímos ante la osadía del mirón, luego intuimos que si asistió sin recelo a nuestros revolcones, de igual forma nos hubiera dejado morir por el mero placer de mirar.
-Menos mal que no nos suicidamos, menudo 'socorrista' está hecho ese bastardo, y
para colmo lleva prismáticos. Te habrá estado observando minuciosamente en plena desnudez, mi cielo-. La rabia se percibía en el tono de voz que usó. Salía a relucir su implacable orgullo, ese mismo ímpetu verbal del que me enamoré.
Mi hombre estaba celoso, por primera vez. Traté de calmarlo y evitar que se levantara para correr tras él. Si lo hubiera hecho, mi cuerpo desnudo habría quedado vulnerable entre la neblina.
Sonaba una canción cuya melodía nos llegaba lejana y que nos dejó recuerdos de cierto atardecer que acabó bien aunque estuvo destinado a acabar trágicamente.
Al escuchar la letra nos acurrucamos como pajaritos, nos olvidamos del mirón playero y nos dimos mutuo consuelo con caricias, palabras de amor ardientes y besos con sabor a la fruta de la pasión: “Mirando al mar, soñé, que estabas junto a mí, mirando al mar yo no sé qué sentí, que acordándome de ti, lloré.”
¡Dios... Cómo te amo!

©La autora, Purificación Ávila, os dice:
"Amiga, amigo, si no encuentras un amor apasionado, ensuéñalo. No es lo mismo, pero sirve de consuelo. ¿Te consoló leer este texto? ¡Házmelo saber!"
Alicia Rosell ©